sábado, 27 de diciembre de 2008

ESTAMOS PERDIENDO NUESTRA IDENTIDAD

La verdad es que no nos damos cuenta hacia dónde nos encaminamos en materia de identidad. Los discursos y comentarios que ensalzan ese comportamiento social no es más que pura retórica. Dicen cosas que ni ellos mismos se las creen. Todo es un accionar para crear impacto publicitario. Vivimos la cultura del miedo, el silencio y la complicidad. Nadie quiere, salvo honrosas excepciones, decir la verdad “aunque les cueste la vida”. Lo demás esta condicionado a media. Lo original, lo auténtico y lo espontáneo brilla por su ausencia y a decir verdad, los maestros de las imposiciones foráneas nos tratan como si fuéramos huérfanos de talento y creatividad. Preferimos darles todo el dinero del mundo a los de afuera, mientras subestimamos la calidad y capacidad de los nuestros. Los famosos siguen siendo los privilegiados de la fortuna en una especie de “complejo de Guacanagarix”. Por eso nuestro acerbo cultural va descayendo y mermando las sanas costumbres y tradiciones que debemos conservar. El uso desmedido de extranjerismos esta socavando el idioma haciendo más difícil la interpretación. Quienes están llamados defender nuestra identidad han cambiado el discurso crítico por otro que ofrezca mejores oportunidades en procura de un estilo de vida más generoso. Podrían justificar su atictud por los apuros que exige el modernismo en una sociedad de consumo. La patria no es una porción de tierra ni mucho menos una bandera. Es algo más que sus leyes y normas. No es senofobia ni discriminación, pero debemos defender nuestro espacio y sentirnos orgullosos de nuestro pasado primitivo. En un país donde prime el desprecio por lo nuestro y a la vez se glorifique lo exótico, de ninguna manera podrá ser un pueblo con identidad. En el país existe talento suficiente como para cambiar de actitud. Es tan así que muchos promotores culturales se retiran frustrados por no poder lograr sus sueños de transmisores culturales. Por ser así, nos tienen acostumbrados a las mismas actividades, las mismas exhibiciones, los mismos anuncios y las mismas propuestas. No existe la voluntad de proyectar una imagen más acabada y efectiva de nuestros valores. Es más, nos debería dar vergüenza que un país convulsionado por las luchas intestinas, diezmado por el hambre y sus instituciones debilitadas, mantenga una efectiva presencia de su identidad en los foros que se desarrollan en el mundo. Soy abanderado de lo nuestro a toda capacidad. Pero aquí siempre hay que estar de acuerdo con la política del disparate y la improvisación para poder sobrevivir ileso en las aguas del oportunismo. Salvo algunas excepciones, nadie llega a la fama sin un empujón de arriba. Hay que ser muy dichoso y avezado para hacerse de un cubierto a la hora del banquete. Nadie avisa. Esta prohibido pasarse de hora y si se llega puntual, ya otro ha ocupado el lugar. Reconozco que muchas personas conscientes de nuestra realidad hacen aportes sustanciosos a favor de nuestra identidad. No son los más, pero nos entusiasma su desprendimiento y comprensión sobre la realidad que padecemos. Es penoso y deprimente que la artesanía que se produce en Yamasá, por mencionar una, no exhiba sus piezas en las principales plazas turísticas del país. El monopolio extranjero está estrangulado a la mayoría de nuestros artesanos ante la mirada indiferente de quienes tienen la responsabilidad de velar por nuestra identidad.