martes, 5 de julio de 2011

EL FIN JUSTIFICA LA IDENTIDAD

Más que un fenómeno social, las bellas artes son consideradas una necesidad como medio de expresión del ser humano para comunicarse mediante diferentes formas de manera continua y creativa. El hombre no es un objeto: es y seguirá siendo una obra de arte. Al contemplar el cielo, resurge el misterio de ese universo que crea la síntesis para comprender el medio que le rodea. Sus necesidades exigen el manejo de instrumentos capaces y que coadyuven su comportamiento en una sociedad posible donde crecer y desarrollarse al ritmo de sus aspiraciones. Primero las manos y después el cerebro. Pero existe un elemento que le deja solitario y lo aísla del medio. Se trata de su identidad: una expresión perdida, borrada y olvidada a través de una serie de subterfugios diseñados por las nuevas corrientes. Es necesario que surja un levantamiento moral de preocupaciones en las mentes de nuestros artesanos auténticos. La idea de crear un nuevo comportamiento a partir de la innovación de determinadas actividades tecnológicas me llena de preocupaciones, no solamente por lo sensible y delicado de la materia, sino por los peligrosos que encierra la llamada filosofía del nuevo orden mundial. La globalización no comienza en este siglo ni los anteriores. Es un producto de milenios cuando las clases sociales gobernantes comenzaron a cambiar los esquemas primitivos de producción hasta comienzo de la llamada revolución industrial y la era tecnológica. Había que crear un mundo diferente y la prisa no importaba. La sociedad de aquel entonces, al igual que hoy aprobó a conveniencia el bautismo clásico con la imposición de clasificar dentro del ámbito de las bellas artes a la arquitectura, la escultura, la literatura, la pintura, la danza y la música. El cine surgió después, denominado como séptimo arte. Estas artes describen más el gusto por el placer estético de la clase social, que por su utilidad práctica. A los ricos de entonces no les interesaba en lo absoluto lo que no poseyera valor material capaz de generar dinero. Más allá del placer y el deleite, escondían, al igual que hoy día, una forma mercurial de amasar riquezas. Han cambiado la forma de transitar este complejo mundo del intercambio con prebendas, intercambios maliciosos y políticas fundamentalistas. Es difícil, no imposible, conjugar muchas ideas de un tirón. Pero siempre algo queda y ese es el propósito: aunque sea un “chin”. Los tiempos no cambian. Cambia la mentalidad del hombre. Sobre esta base y el mismo concepto seguiré escribiendo.